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Gracias por las rosas...
Y gracias por las espinas.

Los buenos momentos de la vida son un regalo, pero, aquellos que consideramos difíciles, esos son los que realmente nos transforman. Los que nos acaban por definir.


Susanna era la persona más terrenal del mundo: si es tangible, existe; si no, no. Podía trabajar entre cuatro paredes y, de hecho, lo agradecía, porque así no tenía que enfrentarse a su propia timidez. Hasta que tuvo lugar un hecho que lo cambió todo, ese “big-bang” individual que suele aparecer a media vida y que destruye los muros, mostrándonos nuestro verdadero camino, aquel al que siempre estuvimos destinados. En el caso de Susanna, fue el fallecimiento de su padre. El que sintiera por su hija un amor incondicional en vida, supo convertir su despedida en un nuevo gran inicio para ella. Como a Susanna se le caía el mundo encima, empezando por las paredes de su propia oficina, tuvo la necesidad de salir al exterior y conectar con otra gente. Y fue así como las velas la encontraron, hace ya 18 años.


Desde ese momento, empezó a dedicar su vida a descifrar la conexión que había empezado a sentir con mundos menos tangibles, y con los que hoy se comunica a través de las velas. Sus velas no son sólo una fuente de energía: son también una potente herramienta de autoconocimiento puesta al servicio de todos los que quieran y necesiten acceder a ellas.

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